El renovado interés por Croacia está siendo fruto, en gran medida, del boca a boca. Más grande de lo que parece en los mapas (tan extenso como Irlanda o Suiza) y, sobre todo, moderno; con una población (4,5 millones) cálida y abierta, a medio camino entre el rigor centroeuropeo (herencia, como muchos edificios, del Imperio Austrohúngaro) y la sensualidad mediterránea (adriática, para ser exactos).

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Con un crecimiento previsto para este año del 5,6% (y unos índices de inflación o desempleo similares a los españoles), el país que inventó la corbata se siente plenamente europeo y su capital, Zagreb, no sólo es un buen punto de partida para explorar el país, sino una ciudad que atrapa. Allí se pueden conseguir hoteles baratos.

Es y no es grande (roza el millón, ¡pero eso es la cuarta parte del país!) y, sobre todo, resulta cómoda y abarcable, incluso visualmente: arriba, arrinconada contra la montaña, está la ciudad alta, medieval; abajo, la ciudad moderna, cuadriculada, llena de parques y verdor. Ambas partes, alta y baja, están separadas por una arteria principal, Ilica, y una plaza central, la del ban (o virrey) Josip Jelacic, antigua campa de mercado, a las afueras del recinto medieval, y hoy centro logístico del trajín urbano.

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Sea como fuere, es casi necesario visitar Croacia una vez en tu vida. Quizás no está reconocido como un país demasiado turístico, pero verás cuantas cosas puedes hacer una vez que estés allí. Puedes conseguir vuelos baratos desde Madrid.

El renovado interés por Croacia está siendo fruto, en gran medida, del boca a boca. La gente vuelve encantada de un país que sorprende: más grande de lo que parece en los mapas (tan extenso como Irlanda o Suiza) y, sobre todo, moderno; con una población (4,5 millones) cálida y abierta, a medio camino entre el rigor centroeuropeo (herencia, como muchos edificios, del Imperio Austrohúngaro) y la sensualidad mediterránea (adriática, para ser exactos). Con un crecimiento previsto para este año del 5,6% (y unos índices de inflación o desempleo similares a los españoles), el país que inventó la corbata se siente plenamente europeo y su capital, Zagreb, no sólo es un buen punto de partida para explorar el país, sino una ciudad que atrapa.

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Es y no es grande (roza el millón, ¡pero eso es la cuarta parte del país!) y, sobre todo, resulta cómoda y abarcable, incluso visualmente: arriba, arrinconada contra la montaña, está la ciudad alta, medieval; abajo, la ciudad moderna, cuadriculada, llena de parques y verdor. Ambas partes, alta y baja, están separadas por una arteria principal, Ilica, y una plaza central, la del ban (o virrey) Josip Jelacic, antigua campa de mercado, a las afueras del recinto medieval, y hoy centro logístico del trajín urbano.

Para el visitante, ajeno a compras o papeleos burocráticos, es la entrada para explorar la ciudad alta. Que en realidad son (o fueron) dos ciudades distintas, ambas amuralladas, separadas por un arroyo: Kaptol y Gradec. Kaptol era el centro religioso (el nombre deriva de capitulum, asamblea clerical en latín) y allí se alza la catedral. El primitivo templo románico fue rehecho en varias ocasiones, sobre todo tras el terremoto de 1880, que dañó gravemente a Zagreb. Las dos torres neogóticas, del siglo XIX, se codean con macizos torreones del cerco medieval y edificios barrocos, que hacen de la plaza de Kaptol uno de los espacios más brillantes.

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Por una estrecha calleja se conecta con otras dos plazas contiguas, Dolac, un mercado a cielo abierto, y la llamada Plaza de las Flores. En torno a ellas se concentra lo más animado y bohemio (es un decir) de Zagreb, con multitud de terrazas, restaurantes y cafés; lo del café es un vicio en esta ciudad, una de sus señas de identidad. Por la llamada Puerta de Piedra, la única que resta del recinto de Gradec, se penetra en la otra ciudad medieval, el centro cívico. Allí se alzan el Ayuntamiento y el parlamento (en torno a la vieja parroquia de San Marcos, cuyas tejas componen los escudos patrios), además de la universidad, el Museo de Historia (en un viejo convento) y un montón de reliquias y recuerdos de personajes muy queridos para los croatas.

Como el escultor Iván Mestrovic (cuyo atelier se encuentra por allí, y sus obras, por toda Croacia), o los escritores Iván Kukuljievic, o Gustav Matos (que comparte banco de bronce con quien quiera sentarse a su lado). Un funicular, al pie de la Torre de Lotrscak, junto a un espléndido mirador, permite descender de nuevo a la calle Ilica y su tramo más pijo de terrazas y cafeterías. Ahí empieza la ciudad baja y la llamada herradura verde, un corredor en forma de U formado por jardines, donde se van engarzando el Teatro Nacional (muy vienés) y una cantidad suficiente de museos como para convencer a cualquiera de que Zagreb engaña: no se la puede despachar con una simple estancia de trámite.